martes, 14 de febrero de 2017

La política está en otra parte- Raimundo Gomez

Ayer se han hecho 9 años de la partida física de un caminante y sabio del monte Reimundo Gómez. En su memoria compartimos un pasaje del libro La política está en otra parte, de Hernan Lopez Echague, donde Raimundo Gomez monologa sobre su vida.
 
Sobre don Raymundo Gómez.
Pasaje de La política está en otra parte (HLE, Editorial Norma, noviembre de 2002)
En el cobertizo nos chocamos con Mundito. Lo acompaña un hombre viejo y enjuto, de sonrisa abierta. “Aquí tiene una buena historia”, me dice Mundito. “Es don Raymundo, otro de los fundadores del MOCASE”. Le estrecho la mano y me presento. “Estoy a su disposición”, dice con cortesía.
* * *

Yo, por empezar, no sé leer ni escribir. Así que si algunas palabras no las explico bien, sepa disculparme. Yo nací en el veintiocho, al sur de aquí, cerca de Tacanitas, y de nombre Raymundo Gómez. Mi padre había sido un hombre muy pobre, trabajaba en los obrajes, en los montes, en Pozo del Toba, y ahí me crié. Nosotros habíamos sido cuatro varones y tres mujeres. Vivimos los cuatro varones. Las mujeres no viven más. Ahí, en mi barrio, el Rincón del Saladillo, vivimos tres y otro vive en Toba. Tiene 85, el mayor. Yo trabajaba a la par de mi papá, ayudándole, él me enseñaba. El trabajaba en el monte, cortando leña para carbón, o con la zorra de peón. Y cuando yo tenía ocho años me decía mi papá: “Murió mamá”. Y quedamos nosotros con él. Nos crió como ha podido, pero él nunca ha llevado ninguna señora a la par de él. No sé cómo hizo para criarnos, pero nos crió.
El había trabajado mucho al sur, trabajaba en la cosecha de maíz, después hacían corta y trilla de trigo y todas esas cosas. Y después iba más al sur, creo que por Chubut, iba a las esquilas. Y yo siempre me decía: “Algún día, cuando yo sea grande, cuando me sienta capaz, yo me voy a ir, voy a salir, voy a trabajar y voy a hacer mi vida”. Una noche, conversando, yo no me animaba a decirle a mi papá: “Me voy”. Pensaba: ¿qué me va a decir papá? Trece años tenía yo, trece. Entonces, después de cenar, estuvimos en la mesa y me animé. Le dije: “Papá”. “Sí, m’hijo”. Eramos muy amigos, hasta el momento en que él partió cuando Dios lo llevó, más amigos que padre e hijo. El me quería muy mucho a mí. Entonces le dije: “Papá, yo me quiero ir”, y él quedó pensando y me dijo: “¿Dónde querés ir?”, y yo digo: “A trabajar, quiero salir”. Me dijo: “Bueno, vete. ¿Sabés como vas a andar?”, y le digo: “Bueno, me voy a rebuscar”. Me dio la partida de nacimiento, que era el único documento que tenía, y salí. Me fui al Chaco. El me dio para el pasaje y me fui. Cuando llegué en la estación de Pinedo, habrá sido el año 40, o 41, como yo no sabía ni leer ni escribir andaba como el indio. Fui a la comisaría. Llego ahí y le pregunto al comisario, que me dice: “¿Qué te anda pasando, chico? Sentate, m´hijo. ¿Qué andas queriendo, qué te ha pasado”. Le digo: “Señor, yo soy forastero de aquí, soy de Santiago, y ando buscando trabajo y quiero que me dé permiso para quedar aquí”. “Sí, m’hijo”, me dice ,“cómo no, aquí es tu casa y nadie te va a tocar”. Ahí lo llamó al agente y le dijo: “Llevenló a este chico, delen para que tome mate, para que coma, y después él va a buscar trabajo”. Y de ahí conseguí trabajo. Había un colono y le pedí si necesitaba un peón y me dice que sí. Yo era muy chiquito de físico, flaquito. Y así empecé a trabajar, así hice mi vida, trabajando. A los siete meses volví a mi casa. Trabajé, por ahí anduve, y volví a mi casa de vuelta a verlo a mi papá. Y algunos pesitos que había ganado le traje, y así empecé a andar. Y iba entendiendo qué es mi vida, y buscando mi camino para hacerme hombre. Hacerme la vida y hacerme hombre pero trabajando y sabiendo qué es lo que estoy haciendo y qué es lo que no debo hacer. Nunca tuve miedo. A mí me gustaba respetar y hacerme respetar. Y así hice mi vida, mi amigo. Y bueno, pasó los años, iba creciendo, iba trabajando, haciendo mi vida. Pero yo sabía pensar. ¿Porqué no me había dejado en la escuela mi papá? Y cuando hice dos o tres viajes, vine un día, que estábamos conversando, y le dije: “Papá, ¿por qué si usted dice que me quería tanto, me quiere, por qué no me dejaba en la escuela a mí?”. Me dijo: “Sí, tenés razón, hijo, y pensaba que te quería mucho, y te quiero, pero el error fue de no dejarte en la escuela, por lo menos que sepas algo, siquiera leer”. Porque es muy fiero, mi amigo, cuando uno no sabe leer, no sabe escribir, es bastante jodido. Porque hay un dicho que dice: ¿en aquel letrero qué dice? Dice: para el que sabe leer. Entonces, eso es lo que le falta al hombre, tanto a la mujer. Anteriormente decía la gente: “Ah, pa´ qué querés, las vas a mandar a las chicas a la escuela, si no le hace falta”. No, ¿por qué no le va a hacer falta? Le hace falta también. Igual, tanto al hombre como a la mujer hay que saber leer y escribir. Eso fue lo que me llevó a mi pensar tanto. Nosotros somos cuatro varones y tres mujeres, ninguno sabemos leer y escribir, desgraciadamente. Antes que entró Perón en el mando, yo trabajaba aquí muy cerquita, en Girardet. Cada ocho días había que ir a buscar la mercadería como a veinte kilómetros y traerla a los hombros. Póngale harina, azúcar, yerba, había que traerla al hombro, y la agua, nos daban agua salada, no le echábamos sal para cocinar, no le echábamos sal para hacer la torta, y esa agua tomábamos para trabajar. Y si no nos daban agua salada nos daban agua de las represas donde tomaba la hacienda, y los patrones hacían lo que querían. Y si usted entregaba su trabajo, pongalé que yo estoy cortando leña, entregaba cien metros de leña y venía el patrón y decía: “Eh, está mal apilada, ché, tiene mucho gancho”. ¿Sabe cuánto me daban? Setenta metros, y treinta metros hacían quedar para ellos, y había que trabajar igual. Entonces todo eso iba pasando, y cuando entró Perón las cosas cambiaron. Puso el sindicato y entonces los patrones ya eran otros, venían al rancho, adonde estábamos en el monte, y decían: “¿Qué te falta, ché, tenés poca mercadería?”, y traía, y la agua ya era agua buena, entonces cambió. Cambió mucho. Entonces ya era otra cosa la vida de nosotros, antes nos trataban como animales, digamos. Trabajar, trabajar y si usted se lastimaba, o se cortaba con el hacha en el pié, no lo hacían curar, o lo hacían curar pero esa cuenta que usted hacía estando sin poder trabajar, cuando se sana tenía que trabajar y pagar. Ningún derecho tenían los obreros. Entonces, bueno, todas esas cosas yo las he pasado. Yo tengo este dedo así que me apretó un palo, me sacó la uña, me partió así y así. ¿Usted cree que me mandaron al médico? No, yo me curé como podía y trabajaba todos los días con la mano atada, porque si no la cuenta se me inflaba. Después ya era otra cosa, ya cambió, cuando se golpeaba, el patrón lo llevaba y lo hacía curar y los remedios no le cobraban. Pero bueno, así empezamos a andar. Cuando entró Perón puso sindicatos por todos lados. Pero yo no, muy poco lo que hacía en el sindicato, yo me dedicaba al monte. Bueno, después, con el tiempo, me parecía que yo también tenía que tener un hogar. Digamos que tenía alguna novia por ahí, que no era del barrio. Hablé con ella en una fiesta para los carnavales. Yo tenía 24 años cuando me encontré con la señora. Ella tenía veinte. Era una linda chica y yo siempre la veía y parecía una chica muy buena. Julia Anrique. No fue fácil, porque antes a la hija la mamá la tenía ahí, bien pegada, y si usted la invitaba a bailar, ¡bailaba una sola pieza! Y después usted tenía que dejarla ahí, y ella se sentaba, y si tocaban otra pieza y usted venía a invitarle, dos piezas por ahí la dejaban, pero tres no. Ahí le decían: “Joven, busque a otra dama”. Bailábamos chamamé. Entonces yo me junté con ella primero, y con el tiempo me casé. Pero yo, de mi casa, mi amigo, no saqué nada. Yo lo único que saqué era un caballo que era montado a pelo, y la cama, nada más. El resto lo hice trabajando. Nos establecimos en el mismo lugar, ahí en Pozo del Toba, en el lote 29. Ella trabajaba en la casa, cuidaba las chivas, los animales, tenía unos yeguarizos, y sembraba yo. Y muy poca era la familia de nosotros, nada más que tres varones. Con el tiempo yo me enfermé, estuve seis años enfermo. No sé qué me pasó, anduve por los hospitales, me hicieron chequeos ...yo lo que tenía era como si tuviese miedo, no quería salir para ningún lado, no quería que nadie me vea, por ahí los amigos venían y le preguntaban por mí a mi señora y ella: “No, él no quiere que lo vea nadie”. Después, con un curandero de campo me mejoré, pero quedé casi sin nada, porque vendí todas mis cosas. Tenía alambres, tenía vacas, tenía yeguarizos, tenía chivas, tenía ovejas, estaba bien yo. Vendí todo, de a poco, por los remedios, la comida para la casa. Y el año 61 viene un señor que dice que es dueño del campo, mentira, porque al dueño del campo nosotros lo conocíamos, era un señor Marcelo Moyano, muy buen hombre. Bueno, ese señor aparece y dice que era el yerno de Moyano, que Moyano había muerto, y que él necesitaba el campo. Yo ahí ya ni sé hace cuántos años hacía que estaba; con mi padre estaba desde hacía más de 20 años. Eramos 27 pobladores. Y la mayoría de los compañeros dijeron: “No, hombre, vamos a buscar algo por ahí, hacer otro rancho”. El hombre nos echó. Nos fuimos todos, y yo lo que hice, tenía unos amigos en Buenos Aires que eran de aquí, y justo cae un amigo aquí y me dice: “¿Por qué no te vas para allá?” Antes va mi señora, ella se va sola a trabajar allá. Yo me quedo aquí, ya teníamos tres hijos. Entonces dije, me voy a ir una temporada para allá, y allá conseguí trabajo en una fábrica de muebles. Doce años estuve, entré de peón, porque mi señora trabajaba en la casa del dueño de la fábrica, ella trabajaba de muchacha, y allí me consiguió trabajo. Y ahí empecé a trabajar, doce años, después de tres años me pasaron a medio oficial, y a los seis años me pasaron a oficial y encargado de una sección de pintura. Y yo no sabía leer ni escribir y a veces tenía 30 hombres a mi cargo. Y mi señora se enfermó, estuvo como cuatro meses internada en el hospital Durán, en Buenos Aires, después tuvo una operación muy grande, ella no se sentía bien allá, y me llamó el médico y me dijo: “Lo que tiene que hacer, Gómez, si usted tiene algunos parientes en Santiago, mándela, que vaya una temporada para allá, necesita aire libre, que ande de un vecino a otro, conversando”. Y mi señora vino para acá. Y yo me quedé allá. Pero después digo no, yo me voy. Presenté la renuncia, no me querían aceptar. Me pagaron todo, aguinaldo, vacaciones, la quincena, y aparte la empresa me dio unos pesos por comportamiento durante los años de trabajo. Y vine aquí, compré algunas cositas y empecé a trabajar aquí. Volví adonde estoy ahora, en Rincón del Saladillo. Hace 32 años que estoy ahí. Al lado de mis hermanos, ahora es un poblado ya. Y bueno, así hice mi vida, mi amigo. Sembrábamos siempre. Sembrábamos algodón, ahora no sembramos más algodón porque no tiene precio, el anteaño pasado cosechó mi hermano y no lo podía vender, y ahí lo tenía en un galponcito que tenía, después le dio a las vacas. Criamos chanchos, gallinas. Pero el algodón no, eso es para vender. No sé, ojalá que más adelante se componga y se pueda sembrar un poco de algodón, con eso uno anda un poco mejor, no bien pero anda. Por suerte, hasta ahora no tuvimos problemas con la tierra, nadie nos quiso echar. Mis hermanos están ahí desde antes, y otros pobladores desde antes también. Estamos como los chanchos del monte, donde nadie entra, ahí viven. Así estamos nosotros. Como todo el país, ¿no? Porque yo lo estoy viendo bastante malo, económicamente muy malo. Porque al cerrar la fuente del trabajo yo pienso que eso fue el error más grande que hizo el presidente de la nación, al cortar los trabajos. Si hay trabajo la gente trabaja y vive, pero si no hay qué hacer no podemos hacer nada. Ahora, actualmente, el que tiene hacienda tampoco puede vender, porque nadie le compra, si le compra le dan cheque, y ¿cuándo lo cambian al cheque? Hasta ahora vamos dando vueltas con el carbón que se hace, se va cambiando con mercadería. Nosotros hacemos carbón, en parva o en horno fijo también, pero el precio cayó muchísimo. Yo siempre he sido una persona que me ha gustado buscar mejoría para mí pueblo, yo digo mi pueblo es el barrio donde vivo, el Rincón del Saladillo, porque cuando yo caí ahí, no había escuela. Y esto a mí me conmovía mucho, porque como yo no sé leer, no sé escribir, yo no quería que todos seamos iguales. Que por lo menos aprendan. Entonces, yo lo que hice era buscar la escuela. Me pasé casi un año buscando la escuela. Sembré, levanté la cosecha, y empecé por la escuela. Había familias ahí, chicas y chicos de catorce años, trece años, que no sabían lo que era un maestro ni qué era un lápiz. A mí me parecía tan mal que seamos todos iguales. Entonces lo que busqué yo era eso. Vine, me tomé el colectivo de aquí, me fui a Santiago para pedir la escuela. Me fui a la casa de gobierno. Bueno, me atendieron como a las once, un secretario, bueno, me dice, usted véngase tal fecha. Vuelvo, otra vez en esa fecha me voy. Estuve esperando ahí, otra vez sale y me dice: véngase tal fecha, y así me tenía, y yo iba y venía, iba y venía, dale que va. Mi señora sabe leer y escribir, ella había salido del segundo grado, ella hacía cartas y notas de todos los chicos que había, cuantos alumnos podía haber para la escuela, había como 20 o 30. Y me dijeron sí, con esto sí. Un buen día estoy esperando en el pasillo de espera, venían y decían: pase señor, pase usted también, y yo no, porque el secretario ya me conocía y sabía por lo que andaba yo. Entonces aparece un cura y se sienta al lado mío. Había sido un obispo de Santiago. Me dice: “¿Qué te pasa, m’hijo? ¿Por qué está aquí y no te atienden?”. Y le digo que estoy para hacer la escuela. “Bueno”, me dice, “entonces, cuando me hagan pasar a mí, pasá vos por atrás mío”. Entonces entré con el padre a un salón grande, me siento, y él se sienta también, y llama al doctor Avalos, que era el vicesecretario general de Juárez, el gobernador de Santiago en esos años, quince años atrás. El padre lo saluda y le dice: “Doctor, ¿a este hombre por qué no lo saben atender? Mire todos los papeles que tiene y todos están firmados, y están firmados por el secretario en tal fecha, tal fecha, tal fecha ...Le tiene que dar ya un permiso para la escuela, él no le pide plata, él se lo dice clarito, pide una escuela para educar los chicos y eso es sagrado que usted no le de, muy mal hecho, ya le tiene que dar”. No pasó cinco minutos, hermano, cuando ya tenía la autorización para hacer la escuela, pero escuela rancho. Se hizo la escuela, pero ya no me quedaba más plata. Bueno, le digo a mi señora: “Yo me voy a Buenos Aires de vuelta a trabajar”. Trabajé en construcción, estuve casi nueve meses y cuando vine ya estaba la escuela. Fue una maravilla. Ya estaba la escuela hecha, faltaba que empiecen las clases. Bueno, vino un maestro, de aquí, de Suncho, un muchacho muy jovencito, de apellido Villín. El único maestro hermano que cayó en el Rincón del Saladillo. Cuando él entró ahí no había nada. Nada nos daban, no había bancos, no había nada, pobre chico. Había unos cuantos bancos que nos dieron de la municipalidad de Vilela, porque eso pertenece a Vilela. Entonces él empezó a enseñar. Pero por culpa de otros pierde la escuela el maestro de nosotros. Ahora no hay maestro. Nosotros habíamos pensado con Angel de formar una escuela para maestros, que sea del barrio de nosotros, porque así a los chicos les va a enseñar lo que tiene que enseñarles, tienen que aprender lo que es de nosotros y lo que no es de nosotros. En cambio éstos son políticos, los maestros, ellos te enseñan cualquier cosa y no es así. Enseñan cosas que no tienen nada que ver con lo que es la realidad. Entonces ahí estamos, peleando por eso, ojalá que ésta gente pueda venir y que cambie, que los maestros traten de enseñarles. La vez pasada estuve con un chico del barrio, estaba yo ahí en la casa y le digo: “¿Estás estudiando?”. “Sí, este año ya termino séptimo grado”. “Ta bien”, le digo, “qué lindo. Te voy a hacer una pregunta. La provincia de Santiago del Estero colinda con Santa Fe y el Chaco, ¿o no?”. Me dice: “Con Santa Fe no, con el Chaco sí”. Dios mío, ¡no vamos a saber eso! Y por eso hay que trabajar, y aprender y organizarse. Nosotros, los campesinos, nos organizamos. Yo fui fundador del MOCASE, no sé si lo sabe ... Se sabía que iba a haber MOCASE, qué sé yo, pero no tenía su título todavía. Que en tal parte, que en tal otra parte ...en ningún lado podía nacer, como digo yo en palabras muy santiagueñas, no sé cuál es la palabra verdadera, entonces nació aquí, en Quimilí. ¿Era 1989? Ya ni me acuerdo. Estuve yo, Angel, otro muchacho, Darío Vicente, y también unos de Añatuya, y de Salado Norte y no sé de qué otros lugares más, se juntaron muchos porque ese día tenía que nacer MOCASE. Estaba esperándonos la gente ahí, afuera, estaba el doctor Federico Díaz, que es un abogado de Santiago; Rubén de Dios, que creo es licenciado de Cooperativas. Mucha gente había. Y ahí nació MOCASE. Así que por eso le digo, mi amigo, yo después de eso, como andaba mal de salud mi señora, yo no pude seguir más. O sea, andar en todas las reuniones, fui dos veces a Santiago, porque MOCASE estaba en Inta, en Santiago, fui nada más que dos veces, después no fui más. Entonces, como decimos nosotros los santiagueños, perdí el hilo de la madeja. A mí me gusta tanto la comisión, la organización, andar, salir, conocer mucha gente, aprender de esa gente porque no sé nada, aprender lo que la gente hace, lo que dice, me parece que es lo mejor que tiene que hacer uno, porque como yo digo, yo no sé nada, no tengo ninguna sabiduría y a mí me gusta aprender. Pienso, no sé si le voy a contestar bien o no, pienso que si MOCASE sigue con la fuerza que tiene y pudiese entrar más arriba de lo que está, esto va a andar mejor. Porque los campesinos están unidos con MOCASE. Es una política verde esperanza, y la de los otros, la de los políticos, es roja, de sangre, porque esos tratan de jodernos, en cualquier momento nos barren, y nosotros no. Nosotros buscamos para todos, no solamente para uno solo, ellos no. Nosotros lo que queremos es que se haga más, que sea más grande. Como yo siempre digo: “Lo que tenemos que hacer es todo para todos y no para uno solo”. Todos hagamos fuerza para todos y engrandemos nuestro pueblo, que sea mejor, que tenga de todo. No tenemos sala de primeros auxilios, no tenemos nada. Cuando va a haber elecciones vienen y preguntan qué les falta, mirá nosotros lo vamos a hacer, va a tener sala de auxilio, enfermera, remedios no les va a faltar. ¿Cuándo se hizo? Nunca. Todo es mentira. Ellos, por los votos, una vez que pasó las elecciones se olvidan; si han ganado, porque han ganado, y si han perdido, porque han perdido. Y yo les digo siempre a mis compañeros, no, nosotros no, si perdemos, no vamos a perder, porque no vamos a bajar los brazos, vamos a seguir adelante. Siempre buscando, pero para nosotros. Cuando esté más grande el pueblo, es de nosotros. Y como digo yo, vamos a seguir buscando para que mañana o pasado tengamos un maestro o una maestra pero que sea de aquí. Que enseñe la verdad, la realidad a los chicos, no que les enseñen tonteras. Es así, mi amigo, ¿o no es así?

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